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Ya están los ocho más envidiados

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Levantarse a las siete de la mañana para gente como yo es como iniciar el día de madrugada; no temprano en la mañana, de madrugada. Pero esa era nuestra necesidad si deseábamos viajar hacia Krasnoyarsk en auto. Son cerca de cinco horas en la carretera directo desde Taishet aunque hicimos el trayecto en unas siete. Durante el camino paramos por Bol'shaya Urya, Kansk, Rybnoye y muchos otros poblados en el medio de la nada que tenían cierta simpatía, además de estacionar en varios sitios que vendían pequeñas delicias para disfrutar durante el viaje. Cabe decir que con tantas cosas ricas (dulces en general) y la influencia del ocio al viajar, extrañé por primera vez en toda la travesía rusa la compañía del termo y mate de mis tierras. Llegamos alrededor de las tres de la tarde a Krasnoyarsk. Tanto Henríquez como yo quedamos fascinados con cierta majestuosidad de la ciudad. Mi colega por supuesto la tildó de paraíso fiscal. Yo en cambio quedé sorprendido por la arquitect...

Sin espacio para sorpresas

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Temprano en la mañana Irina nos pagó por los servicios prestados en el hotel. Nos descontó un poco de dinero de la botella de whisky que tomamos el sábado pero no nos quejamos, era justo.  Ya con nuestro escaso equipaje empacado nos disponíamos a salir del hotel despidiéndonos de todos quienes fueron compañeros de labores en estos días. Para último dejamos al recepcionista por estar en la puerta de salida del edificio; cuando allí fuimos con Henríquez, para luego partir hacia la estación de trenes, un hombre nos saludo apenas llegamos al hall. Era Mijaíl. – Los estuve esperando toda la tarde del sábado en la estación –nos dijo en inglés. – Pero nosotros llegamos el jueves –retrucó Henríquez. – ¡Ah! Debe ser por eso que no los encontré –volvió a decir Mijaíl. Mijaíl nos siguió preguntando cómo nos fue y qué nos pareció la ciudad. Le dimos nuestra opinión y comentamos que nos dirigíamos a la estación en este momento para tomar un tren a Moscú.  Enseguida...

Domingo de siesta

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Desperté sobre la hora del comienzo de mi jornada laboral en el hotel. No en las mejores condiciones debo dejar en claro. No es compatible que la selección de mi país juegue en el mismo momento que trabajo en un bar. El después de una victoria como la de Uruguay ayer frente a Portugal tiene consecuencias perjudiciales para la salud de mi cuerpo a causa de tanta bebida alcohólica fluyendo en la sangre.  Hoy domingo me tocó hacer lo mismo que el sábado, pero a raíz de mi estado, todo me llevó el doble de tiempo. Hacia la noche cuando era el turno de pasar a cumplir roles relacionados al bar no estaba con energía suficiente para poder completar las horas de trabajo. Sin embargo, me motivaba poder observar mientras trabajaba los siguientes partidos de octavos. De cierta forma, pensaba que iban a seguir las características del día anterior con enfrentamientos llenos de goles y emociones. Incorrecto. Los dos de este domingo fueron una invitación a dormir acodado a la barra...

Estrellas extintas

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El viernes fuimos por la mañana al Hotel Biryusa para presentarnos. Nos recibió la gerente llamada Irina que estaba ansiosa por nuestra llegada para que trabajemos desde ese día hasta el domingo como voluntarios remunerados. Nos preguntó si dormimos bien en lo de Mijaíl (suponemos que es el nombre de la persona que nos hizo el contacto)  a lo que respondimos que sí. En realidad respondimos con una mentira piadosa porque pedimos permiso para descansar en la estación de bomberos esa noche. Recuerden que nunca nos encontramos con ese tal Mijaíl en la estación. Irina nos mostró el cuarto donde viviremos hasta la mañana del lunes y nos pidió que sobre el mediodía nos presentemos en el restaurante para comenzar nuestras tareas.  Allí estuvimos de forma puntual para una recorrida guiada alrededor del hotel donde nos informaron acerca de los horarios, usos y trabajos que realizaríamos.  Henríquez debió trabajar de garzón tanto en el restaurante como en el ...

Un tema de prioridades

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Los rusos de quienes nos hicimos amigos bajaron en Severobaikalsk. Tras varias horas de buena compañía nos dejaron sus contactos y nos conectaron con uno de sus amigos en Taishet, quien nos recibiría en su hogar y conseguiría trabajo para Henríquez y para mí por dos días en el hotel Biryusa. Teníamos la idea de encontrarnos con él apenas desembarquemos en la propia estación de trenes. Pero cuando descendimos no lo vimos al instante y como en minutos comenzaban los últimos juegos de la fase de grupos nos fuimos de allí.  Con Henríquez queríamos encontrar un bar o restaurante donde pasen los partidos simultáneos en dos televisores pero nuestra perspectiva cambió al notar un detalle desde el exterior de la estación. A solamente dos cuadras encontramos el hotel donde se supone que trabajaríamos, enseguida nos dirigimos allí y nos presentamos ante el recepcionista. El trabajador no fue avisado de nuestra llegada por lo que nos pidió que volviéramos mañana.  Salimos d...

La cerveza más amarga

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Hoy volvimos a pasar por Tynda durante la parada de 30 minutos. El ruso que ayer compartió su tablet con nosotros bajó justamente allí. No supimos cómo se llamaba y él tampoco supo nuestros nombres pero al menos su compartimento con la tablet nos ayudó a conocer a dos nuevos de sus compatriotas que tomaron el tren a partir de Komsomolsk.  Ellos se comunicaban con nosotros en inglés y entablamos relación, como decía, gracias a la simpatía del veterano que compartió las transmisiones de los partidos de ayer. Los dos nuevos tripulantes del transiberiano se acercaron durante el Argentina-Nigeria e invitaron con unas cervezas que tenían.  Apenas nos detuvimos en Tynda, hicimos una pequeña colecta con el fin de comprar provisiones para el resto del viaje y por supuesto para ver los encuentros del día. Henríquez y yo no nos alejamos por más de 10 metros del tren, aún teníamos un estado de paranoia por no contar con más dinero para otro pasaje y por el error de haberlo...

Más despidos

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Abordamos el transiberiano sobre el mediodía de Vanino. Nuestro próximo será Taishet que es hasta donde el dinero nos alcanza para comprar pasajes; allí veremos cómo seguir nuestro viaje. Siempre se puede volver a repetir el cantar canciones de Natalia Oreiro en la calle. Con Henríquez pensamos en bañarnos apenas subimos al tren pero como en esta oportunidad sacamos boletos en tercera clase, no contamos con derecho a ducha ni tampoco a la canasta de frutas que nos dieron la vez pasada.  Nos acomodamos en una de las cuchetas del vagón mientras que la del frente nuestro solamente la ocupaba un ruso muy callado de unos 60 años que tomaba vodka y miraba una tablet apagada. El ruso daba vueltas el aparato buscando el botón de encendido. Cuando se rindió, levantó la vista y se dio cuenta que nosotros lo observamos. Eso no lo ofendió ni lo hizo sentirse invadido porque su primer pensamiento de nosotros fue que eramos su oportunidad. Nos hizo un gesto pidiendo que nos a...